Mucho más que el cilindro de uso doméstico, el GLP se ha consolidado como uno de los principales pilares de la actividad económica, la seguridad energética y la inclusión social en América Latina.
Cuando se habla de infraestructura para el desarrollo, casi siempre pensamos en carreteras, puertos, ferrocarriles o redes de transmisión eléctrica. Sin embargo, rara vez se pone el foco en la infraestructura que permite que millones de empresas simplemente abran sus puertas todos los días. Aunque no siempre ocupa un lugar central en los debates sobre desarrollo, esta infraestructura desempeña un papel fundamental en la dinámica económica de la región.
Esto resulta especialmente evidente cuando observamos el papel de las micro, pequeñas y medianas empresas (Mipymes) en América Latina. Representan cerca del 99% de las empresas de la región, generan aproximadamente el 61% del empleo formal y aportan una cuarta parte del Producto Interno Bruto regional. Para que este enorme entramado productivo funcione de manera continua, es indispensable contar con una infraestructura energética capilar, capaz de llegar prácticamente a cualquier localidad. Precisamente en esa capacidad de llevar energía allí donde otras soluciones encuentran limitaciones reside una de las principales fortalezas del GLP.
Durante mucho tiempo, el GLP estuvo asociado casi exclusivamente al cilindro utilizado en los hogares. Esa visión ya no refleja la realidad. Hoy, este combustible está presente en la industria, sector agropecuario, hotelería, comercio, hospitales y miles de micro, pequeñas y medianas empresas que operan lejos de las redes de gas natural. Su principal atributo no es solamente su eficiencia energética, sino también su capilaridad, flexibilidad y versatilidad.
Mientras otras fuentes de energía dependen de redes complejas y de elevadas inversiones para llegar a nuevos consumidores, el GLP acompaña el crecimiento de las ciudades, las pequeñas industrias y las actividades productivas prácticamente en cualquier lugar. Se trata de una infraestructura móvil, capaz de conectar el desarrollo económico con el acceso a la energía en una región marcada por importantes desafíos geográficos y sociales.
Flexibilidad que genera seguridad energética
La importancia del GLP se hace aún más evidente cuando los sistemas energéticos enfrentan situaciones de tensión. Es precisamente en esos momentos cuando su flexibilidad deja de ser solo una ventaja operativa para convertirse en un elemento de seguridad energética.
La experiencia reciente de Colombia ilustra claramente este proceso. Tras décadas de haber estructurado su industria sobre la disponibilidad de gas natural, el país comenzó a enfrentar una reducción de la producción nacional y un aumento de la dependencia de las importaciones. Como la regulación colombiana prioriza el abastecimiento residencial en situaciones de escasez, una parte significativa de la industria tuvo que buscar rápidamente fuentes alternativas de energía.
El principal destino de esa migración fue el GLP. En 2025, el consumo industrial y comercial del combustible creció un 16,2%, impulsado principalmente por los sectores de alimentos, vidrio, papel y bebidas. Más que una simple sustitución de combustible, este episodio puso de manifiesto la importancia de contar con una infraestructura previamente instalada, capaz de responder con rapidez a una crisis de abastecimiento.
Esta constituye, probablemente, una de las principales lecciones para toda América Latina. La seguridad energética no depende únicamente de la disponibilidad de recursos naturales. Depende, sobre todo, de la existencia de cadenas logísticas, capacidad de almacenamiento, terminales de importación y redes de distribución capaces de mantener la economía en funcionamiento cuando la principal fuente de energía deja de responder a la demanda.
Infraestructuras como esta no se construyen durante las crisis. Son el resultado de décadas de inversión, planificación y estabilidad regulatoria.
Una agenda para el desarrollo
El papel estratégico del GLP también se manifiesta en la dimensión social. Programas como Gás do Povo, en Brasil, demuestran que las políticas públicas bien diseñadas pueden ampliar el acceso a la energía limpia sin comprometer el funcionamiento del mercado. Al dirigir el beneficio directamente a las familias de menores ingresos, se preserva la dinámica competitiva del sector y se evita la creación de distorsiones que históricamente han reducido las inversiones y fomentado la informalidad.
Esta experiencia refuerza una conclusión más amplia. La protección de los consumidores vulnerables no requiere intervenciones que debiliten la cadena de abastecimiento. Por el contrario, depende de un sector económicamente sólido, capaz de seguir invirtiendo en infraestructura, logística y expansión de la oferta.
Este aspecto adquiere aún mayor relevancia en un momento en que América Latina debate su transición energética. Con frecuencia, la discusión se concentra en las tecnologías del futuro y termina relegando soluciones que ya desempeñan un papel decisivo para millones de familias y empresas. Sin embargo, la transición no se construirá únicamente con nuevas fuentes de energía. También dependerá de la capacidad de preservar y fortalecer infraestructuras que ya han demostrado su resiliencia y su importancia para la seguridad energética, la competitividad económica y la inclusión social.
El GLP es una de ellas.
Mucho más que el combustible utilizado en los hogares, el GLP sostiene cadenas productivas, garantiza la continuidad operativa de miles de empresas y amplía el acceso a la energía en regiones donde otras infraestructuras aún no han llegado. Reconocer este papel es fundamental para que las políticas públicas dejen de considerar al GLP únicamente como un producto energético y comiencen a tratarlo como lo que realmente representa para América Latina: una infraestructura estratégica para el desarrollo económico y social.
Fabrício Duarte
Director Ejecutivo
