América Latina presenta realidades energéticas muy diversas, pero también desafíos que, con frecuencia, se repiten de un país a otro. Por ello, observar las experiencias de la región, compartir las lecciones aprendidas y analizar las soluciones adoptadas en cada mercado resulta fundamental para anticipar riesgos y construir sistemas de abastecimiento más seguros y resilientes. En un sector tan integrado y dinámico como el del GLP, los desafíos enfrentados por un país pueden aportar enseñanzas valiosas para los demás.

En este contexto, la experiencia reciente de Perú merece especial atención. En un mercado energético, contar con producto disponible es solo una parte de la ecuación. También es necesario disponer de infraestructura adecuada para recibirlo, almacenarlo y transportarlo de manera segura y eficiente hasta donde se encuentran los consumidores.

En el caso del GLP, esta cuestión se ha hecho particularmente evidente a lo largo de 2026. El combustible ocupa una posición relevante en la matriz energética peruana, atendiendo a millones de familias y desempeñando un papel importante en los sectores comercial, industrial y, principalmente, automotor. Al mismo tiempo, el crecimiento de la demanda y la menor disponibilidad de la producción nacional vienen aumentando la participación del producto importado en el abastecimiento del país.

En junio de 2026, datos divulgados a partir de información de Osinergmin indicaban que las importaciones ya representaban aproximadamente el 46% del consumo peruano de GLP, frente a cerca del 30% el año anterior. Pocas semanas después, estimaciones mencionadas en el debate sectorial ya situaban esta dependencia cerca de la mitad de la demanda nacional.

Sin embargo, esta mayor participación de las importaciones no debe interpretarse necesariamente como un problema. El mercado internacional de GLP dispone actualmente de una amplia oferta, especialmente en Estados Unidos, que se ha consolidado como el principal polo exportador mundial y una fuente relevante y competitiva de abastecimiento para América Latina. Al mismo tiempo, la expansión de la producción de petróleo y gas natural en países de la propia región abre la perspectiva de que, en los próximos años, nuevos volúmenes de GLP estén disponibles más cerca de los mercados consumidores latinoamericanos. Argentina, impulsada por el desarrollo de Vaca Muerta y por el crecimiento esperado de la producción de líquidos asociados al gas natural, aparece en este contexto como una potencial fuente adicional de producto para los países vecinos.

Por lo tanto, importar no es, por sí solo, sinónimo de inseguridad energética. En un mercado internacional líquido, diversificado y con diferentes fuentes potenciales de suministro, las importaciones pueden incluso contribuir a la competitividad y a la diversificación del abastecimiento. La vulnerabilidad surge cuando la dependencia externa se combina con una capacidad limitada de almacenamiento, una elevada concentración geográfica de la infraestructura y pocas alternativas para hacer llegar el producto a los centros de consumo.

Y es precisamente este el punto que merece atención en Perú.

Según informaciones divulgadas en 2026, aproximadamente el 90% de la capacidad peruana de almacenamiento de GLP se encuentra concentrada en Lima y Callao. Esto significa que una parte relevante del país depende, directa o indirectamente, de producto que llega o se almacena en la región central y que posteriormente debe recorrer cientos o incluso miles de kilómetros para alcanzar otros mercados.

Es una configuración logística que puede funcionar adecuadamente en condiciones normales, pero que ofrece poca redundancia cuando se produce una interrupción. La situación enfrentada recientemente en el sur de Perú demostró de manera bastante concreta esta vulnerabilidad.

Las lluvias, los deslizamientos y las interrupciones viales dificultaron el transporte de GLP proveniente de Pisco y Callao hacia regiones como Arequipa, Moquegua, Tacna, Cusco y Puno. El Ministerio de Energía y Minas llegó a declarar una situación de emergencia en las actividades de hidrocarburos relacionadas con el abastecimiento de GLP en esas regiones.

La propia medida gubernamental contribuyó a poner en evidencia una cuestión estructural: el sur de Perú no dispone de infraestructura de almacenamiento suficiente para mantener inventarios capaces de enfrentar interrupciones más prolongadas de la cadena logística. Sin acceso regular a través de las principales carreteras, el abastecimiento pasa rápidamente a depender de los inventarios existentes en plantas envasadoras, gasocentros e instalaciones de consumidores.

El episodio pone en perspectiva otro indicador importante. Aunque la regulación peruana establece requisitos de inventarios, estimaciones divulgadas por el sector señalaron una autonomía efectiva bastante reducida en determinadas situaciones. Esto significa que pocos días de interrupción logística pueden ser suficientes para generar impactos relevantes sobre el abastecimiento.

El problema, por lo tanto, no consiste simplemente en producir más o importar más GLP. También es necesario almacenarlo más cerca de donde será consumido y, principalmente, crear alternativas para que el producto pueda llegar a los mercados regionales a través de diferentes rutas.

El propio Gobierno peruano parece haber reconocido esta dimensión estructural. En 2026, el Ministerio de Energía y Minas declaró de interés sectorial los proyectos destinados a ampliar la capacidad de almacenamiento de GLP en el país, creando una oportunidad para discutir no solamente una mayor capacidad, sino también una distribución geográfica más equilibrada de esta infraestructura.

Nuevas instalaciones de almacenamiento en el sur podrían reducir la dependencia de las largas rutas por carretera provenientes de Pisco y Callao y crear inventarios regionales capaces de absorber interrupciones temporales de carreteras, puertos o instalaciones productoras. Más importante aún, una infraestructura ubicada en regiones como Arequipa, Moquegua o Tacna podría permitir algo particularmente relevante para la seguridad energética peruana: la diversificación de las rutas de ingreso del GLP.

Y es en este punto donde la geografía ofrece una oportunidad interesante.

Argentina está entrando en un nuevo ciclo de expansión de su producción de hidrocarburos. El desarrollo de Vaca Muerta y las inversiones en procesamiento e infraestructura deberán ampliar progresivamente la disponibilidad de líquidos asociados al gas natural, incluidos propano y butano, generando potencial para un crecimiento significativo de las exportaciones de GLP en los próximos años.

Para el sur de Perú, esta producción presenta una característica estratégica: existe un corredor terrestre a través del norte de Chile que puede ofrecer una ruta complementaria de abastecimiento.

Este corredor, de cierta forma, ya existe. Estudios sobre el mercado chileno muestran que Argentina suministra GLP a Chile mediante camiones cisterna. Para abastecer el norte chileno, una de las rutas utilizadas conecta la región de Salta con Antofagasta a través del Paso de Jama. Se trata de una demostración concreta de que el transporte terrestre de GLP a través de los Andes no solo es técnicamente posible, sino que constituye una operación comercial ya existente.

Una vez en el norte de Chile, el producto encuentra una estructura logística que se viene fortaleciendo. Mejillones, en la Región de Antofagasta, dispone de infraestructura dedicada a la recepción y almacenamiento de GLP, mientras que el corredor costero conecta esta región con Arica y, posteriormente, con la frontera peruana en Tacna.

Esto abre una posibilidad que merece ser analizada. El GLP argentino podría llegar al norte chileno por carretera y, desde allí, continuar hacia el sur peruano a través del corredor del Pacífico. No se trata necesariamente de imaginar grandes volúmenes desde el primer momento. La propia flexibilidad del transporte por carretera permite desarrollar gradualmente un corredor alternativo, probar flujos comerciales y procedimientos aduaneros y evaluar su competitividad.

La experiencia reciente de Perú creó, incluso, un precedente interesante. Durante la emergencia de abastecimiento en el sur, las autoridades peruanas adoptaron medidas excepcionales para facilitar la importación y permitir el transporte de GLP mediante camiones con placas extranjeras hacia regiones como Cusco, Puno, Arequipa, Moquegua y Tacna. Una solución concebida para responder a una emergencia también puede aportar elementos importantes para pensar en una alternativa logística permanente.

En el corto plazo, los camiones presentan precisamente esta ventaja. Requieren inversiones de infraestructura relativamente limitadas y permiten evaluar proveedores, rutas, costos, tiempos de viaje y procedimientos operativos antes de comprometer recursos en proyectos de mayor escala.

En el mediano y largo plazo, sin embargo, el crecimiento de los volúmenes podría justificar una discusión más amplia sobre la integración energética entre Argentina, Chile y Perú.

Aquí es importante hacer una distinción técnica. Ya existen gasoductos transandinos que conectan Argentina con el norte de Chile. El Gasoducto NorAndino, por ejemplo, atraviesa los Andes y llega a la Región de Antofagasta, incluyendo Mejillones. Esta infraestructura, sin embargo, fue construida para transportar gas natural y no GLP.

También existe experiencia concreta de transporte de GLP argentino hacia Chile mediante poliducto, pero la infraestructura actualmente documentada se encuentra en Magallanes, en el extremo sur chileno. Por lo tanto, hoy no existe un poliducto de GLP que conecte la producción argentina con el norte de Chile y que pudiera simplemente prolongarse hasta Perú.

Esto no reduce, sin embargo, el interés estratégico de la discusión. Por el contrario. Existe una producción creciente en Argentina, transporte terrestre transandino de GLP ya establecido, infraestructura energética que atraviesa la Cordillera, terminales de almacenamiento en el norte de Chile y una conexión terrestre continua por la costa del Pacífico hasta el sur peruano.

A medida que aumenten los volúmenes, sería posible evaluar económicamente soluciones de infraestructura de mayor escala, incluyendo nuevas instalaciones de almacenamiento, terminales y, eventualmente, sistemas dedicados de transporte por ductos. Una futura conexión entre el norte de Chile y el sur de Perú podría formar parte de esta discusión, particularmente si Argentina se consolida como un gran exportador regional de GLP.

El objetivo no debería ser sustituir una dependencia por otra. Debería ser exactamente lo contrario: construir alternativas.

Perú puede contar con su producción nacional, recibir producto importado por vía marítima, ampliar la capacidad de almacenamiento en la costa central y, principalmente, desarrollar infraestructura en el sur. También podría incorporar una ruta terrestre a través de Chile, aprovechando la creciente disponibilidad argentina y, en el futuro, evaluar soluciones permanentes de integración energética regional.

Cada nueva alternativa añade redundancia al sistema y reduce la exposición a las demás.

La experiencia reciente mostró que una cadena de abastecimiento excesivamente concentrada puede funcionar de manera eficiente en condiciones normales, pero también puede volverse vulnerable ante eventos climáticos, interrupciones viales, condiciones marítimas adversas o problemas operativos.

El GLP posee precisamente una característica que pocos energéticos ofrecen con la misma amplitud: su flexibilidad logística. Puede transportarse por buques, camiones, trenes y ductos, almacenarse cerca de los centros de consumo y distribuirse a diferentes escalas, desde grandes instalaciones industriales hasta los cilindros que llegan diariamente a los hogares.

Para Perú, el desafío quizá sea transformar esta flexibilidad natural del GLP en una característica igualmente presente en su infraestructura.

En un escenario de creciente disponibilidad internacional de producto, tanto en Estados Unidos como, en el futuro, en la propia América Latina, la cuestión central deja de ser únicamente dónde encontrar GLP. Pasa a ser cómo construir una red suficientemente diversificada para recibirlo, almacenarlo y llevarlo hasta los consumidores por diferentes caminos.

Más infraestructura, mayor capacidad de almacenamiento y nuevas rutas de abastecimiento no representan solamente eficiencia logística, representan seguridad energética y resiliencia para los peruanos.

Fabrício Duarte

Director Ejecutivo