La AIGLP advierte sobre los desafíos que los eventos climáticos extremos pueden generar para los sistemas energéticos y abre una discusión sobre el papel del GLP como alternativa de respaldo.
La posibilidad de un Súper Niño durante 2026-2027 vuelve a poner bajo análisis la capacidad de América Latina para garantizar el abastecimiento energético frente a fenómenos climáticos extremos. El impacto podría exceder los efectos sobre las temperaturas y las precipitaciones, una menor disponibilidad hídrica puede afectar la generación hidroeléctrica, elevar la utilización de centrales térmicas y modificar la demanda de distintos combustibles.
En este debate también participa la Asociación Iberoamericana de Gas Licuado de Petróleo, que viene poniendo el foco en la necesidad de avanzar hacia sistemas más resilientes y capaces de responder ante situaciones de emergencia.
El planteo adquiere especial relevancia para América Latina, donde varios mercados mantienen una elevada dependencia de la hidroelectricidad. Una alteración significativa del régimen de lluvias puede reducir la generación de estas centrales y obligar a los sistemas a recurrir a otras fuentes para cubrir la demanda.
Cuando la generación hidráulica pierde participación, las alternativas térmicas pueden adquirir mayor peso. Dependiendo de la matriz de cada país, esto puede traducirse en un incremento de la utilización de gas natural, GLP y derivados del petróleo, generando nuevas necesidades de abastecimiento, almacenamiento y distribución.
Para la AIGLP, la discusión debe incorporar también la capacidad de los sistemas para responder ante contingencias. No se trata únicamente de reducir emisiones, sino de garantizar que servicios esenciales puedan continuar funcionando frente a interrupciones o cambios abruptos en la disponibilidad de energía.
Para los mercados de combustibles, esto puede representar una presión adicional sobre las importaciones, los inventarios y la logística. Los países con menor capacidad de producción local quedan especialmente expuestos cuando deben cubrir en poco tiempo un incremento inesperado de sus necesidades.
La situación también puede trasladarse a las estaciones de servicio y a los puntos de distribución. Ante un período prolongado de estrés energético, la continuidad del suministro dependerá no solamente de contar con producto disponible, sino también de que funcionen los sistemas de transporte, almacenamiento y expendio.
Por eso, la resiliencia comienza a convertirse en un factor operativo para toda la cadena energética. Asimismo, para el sector del GLP, esto abre una oportunidad para reforzar su rol dentro de una matriz energética que no necesariamente será definida por una única tecnología o combustible.
El desafío será determinar qué tan preparada está la región para mantener el suministro energético cuando las condiciones climáticas ponen al sistema bajo máxima presión.
